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Eres tú, no soy yo

Comenzamos en 2003. Soy muy mala para las fechas exactas, pero debió de ser antes del verano. Fue por alguien del trabajo. Un email. “Habla con él. Te gustará”. Lo conocía de antes, de vista. No me atrevía a hablarle. Creía que no sabría qué decirle. En esa época mi juventud me llenaba de inseguridades. Incluso algo de timidez. En el email estaba su teléfono. Respiré hondo y llamé. Me cogió el teléfono enseguida. “Vente”. Fui. Ahí comenzamos.

Los primeros años fueron bien. Como se suele decir, todo marchaba con normalidad. Sin sobresaltos. Tampoco veía fuegos artificiales, la verdad. Pero según parece eso es lo normal. La magia se termina pronto y hay que acostumbrarse a lo que hay. Tampoco quiero llamarlo resignación. Decía “todo va estupendamente” cuando me preguntaban. En parte, era cierto. No tenía por qué quejarme.

La relación siguió adelante. Yo no pedía mucho, tan sólo un poco de atención. Creo que no soy muy quejica. Al menos no recuerdo serlo. ¿Tan equivocada estaba? Apreciaba mucho los pequeños detalles con los que me agasajaba de vez en cuando. Él tampoco daba nada. Su lema: “no doy, pero tampoco pido”. El trato era aceptado por ambas partes.

A veces llega otro al que hay que cuidar. Ya éramos tres. Mi atención se desvió hacia nuestro nuevo reto. Lo di todo de mí. Y tuve que pedir. No era mucho. Además, por un bien mayor. Se entendió…hasta que llegó una tercera persona con más poderío. Tenía más de todo. No pude competir. Decidí alejarme. Perdonar, pero no olvidar. Nos quedamos con una relación cordial.

Los lazos se fueron rompiendo. Comenzaron los malos gestos. Uno aquí y otro allá. No sabía nada de él. Ni siquiera un email. La situación me apenaba, así que fui a verle para retomar la relación. Quería perdonar. Fue frío y calculador. No noté asomo de aquello que nos unió. Sólo había diferencias.

No oculto que comencé a ver a otros. Eran más atentos y galanes. Se preocupaban por mí. Me trataban bien. Me quedé con un par de ellos. Sigo viéndolos a menudo. Me gustan. Me dan lo que necesito. Uno es joven y alegre. El otro tiene más experiencia y es más prudente, conservador. Aun así, me gustan los dos. No voy a elegir. Esta vez jugaré a más de una banda.

Esta semana llegó la gota que colmó el vaso. Me han empezado a cobrar también por las tarjetas. Se suponía que la cuenta corriente no tenía comisiones ni gastos por las tarjetas de crédito. Mañana iré de nuevo, a mi banco desde que soy adulta, el primero en el que confié mis recursos. Terminaré con esta relación. No puedo aguantar más esta dejadez, esta indiferencia. Me siento menospreciada, después de tantos años y de perdonar tantas cosas. Me quedaré con los dos que tengo ahora. Quiero que compitan por mi atención. Quiero que sepan que me puedo ir en cualquier momento. Que sepan que ya no tengo ataduras. Soy libre.

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