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La visión de Pepe “el de Oralde”.

Pepe “el de Oralde” era famoso en mi pueblo hace 30 años porque tenía una tienda bien posicionada en la calle mayor y vendía todos los pantalones, camisas y boinas que quería. Mi abuelo lo adoraba. Decía que no había comerciante como él. Detrás del mostrador, siempre silenciosa estaba Adela, su mujer. Se preocupaba porque los clientes quedasen satisfechos, pero realmente el pico de oro de Pepe era lo que hacía que la clientela volviese una y otra vez. Aunque hay que decirlo, también ayudaba el hecho de que, en la Asturias profunda y minera de los 80, había mucho dinero y poca oferta. Los negocios hacían dinero para aburrir.

Y Pepe era un tío listo. Mucho. Todas las mañanas, antes de ir a la tienda, pasaba por el Banesto y tomaba un café con Paco, el director de la sucursal. Mi abuelo no tenía ni idea de qué hablaban, pero sí sabía dónde encontrar a Pepe y a Paco cada mañana. Un paisano de pueblo, casi analfabeto, escuchando firmemente a Paco “el del banco”. Eran grandes amigos. Llamaba la atención lo peculiar de la pareja por sus contrastes.

Fíjate tú, que mi marido, que también se llama Pepe, es sobrino-nieto del gran Pepe que lo mismo te vendía unos calzoncillos de pernera o el traje para las bodas, bautizos, comuniones y entierros. Mi Pepe me contó varias veces cómo su tío abuelo, al morir, dejó una gran fortuna a las primas de mi suegra. Entre sus activos no dejó la tienda, que traspasó el jubilarse. No, entre sus activos había decenas de pisos en Oviedo y millones de pesetas en acciones.

Mi abuelo no se imaginaba que Pepe se dedicaba a la gestión inmobiliaria y a la inversión en bolsa. Creo que no se lo llegaría a creer ni aunque lo viese con sus propios ojos. ¿Cómo de difícil era gestionar la información adecuada hace 3 décadas, en un pueblo donde casi no había teléfonos, donde los periódicos llegaban al mediodía? Me imagino que hacían verdaderos encajes de bolillos y, aún así, su estrategia funcionó y generó una gran cantidad de activos que permitieron a sus hijas vivir, y aún lo siguen haciendo, de las rentas.

Todos los días miro las apps donde tengo mis inversiones. Realmente los importes no son gran cosa, pero me fascina el ver cómo los números cambian (especialmente me alegro cuando se ponen verde) y cómo parece que toda la información del mundo está al alcance de mi mano. Parece tan, tan, tan fácil. Casi un juego de niños. Comprar y vender en cuestión de segundos. Con órdenes Stop Loss que te permiten ir al cine mientras tu dinero sigue trabajando (a veces vagueando o perdiendo).

A veces, cuando miro mi pantalla pienso en Pepe “el de Oralde” y me imagino cuál sería su reacción al enterarse de cómo se opera en bolsa ahora mismo. Creo que, recordando el fuerte carácter que tenía, nos llamaría a todos bobalicones, blandengues y flojeras. Pensaría que antes sí que era difícil tomar decisiones, y que ahora él se comería velas japonesas para desayunar. Y puede que tenga parte de razón. ¿ O no?

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